Ciertos eclipses lunares han tenido un efecto asombroso en acontecimientos históricos

La noche del 20 de febrero la luna pasó por la sombra de la Tierra, en un evento que fue visible en todos los Estados Unidos y Canadá.

El eclipse total de luna fue todavía más espectacular por la presencia del planeta vecino Saturno y la clara estrella azulada Regulus.

En un pasado lejano, los eclipses a menudo aterrorizaban a quienes los presenciaban, que los consideraban malos presagios. Ciertos eclipses lunares tuvieron un efecto asombroso en acontecimientos históricos. Uno de los ejemplos más famosos es el truco que Cristóbal Colón se sacó de la manga.

Naufragio

El 12 de octubre de 1492, como sabe cualquier escolar, Colón desembarcó en una isla al nordeste de Cuba. Posteriormente la bautizó con el nombre de San Salvador. A lo largo de los diez años siguientes Colón llevaría a cabo tres viajes más al “Nuevo Mundo”, los cuales no hicieron más que reafirmar su creencia de que había llegado a Extremo Oriente navegando hacia el oeste.

Fue durante el cuarto y último viaje, mientras exploraba la costa de Centroamérica, cuando Colón se encontró en una situación desesperada. Había salido de Cádiz (España) el 11 de mayo de 1502 con las naves Capitana, Gallega, Vizcaína y Santiago de Palos. Por desgracia, debido a una epidemia de bromas (una peculiar variedad de molusco bivalvo lamelibranquio marino) que agujereó el maderamen de su flota, Colón se vio obligado a abandonar dos navíos y finalmente tuvo que embarrancar sus dos últimas carabelas en la costa norte de Jamaica, el 25 de junio de 1503.

Inicialmente los nativos jamaicanos acogieron bien a los náufragos y les proporcionaron comida y alojamiento, pero a medida que los días se convertían en semanas fueron aumentando las tensiones. Finalmente, después de más de seis meses de aislamiento, la mitad de la tripulación de Colón se amotinó. Asaltaron y asesinaron a algunos de los nativos quienes, por su parte, estaban hartos de suministrar mandioca, maíz y pescado a cambio de silbatos de hojalata, baratijas, campanitas y otros artículos sin valor.

Bajo la amenaza del hambre, Colón formuló un plan desesperado aunque ingenioso.

Rescatados por un almanaque

En auxilio del Almirante acudió Johannes Müller von Königsberg (1436-1476), conocido por su seudónimo latino Regiomontanus, un importante matemático, astrónomo y astrólogo alemán.

Antes de morir, Regiomontanus publicó un almanaque que contenía tablas astronómicas que abarcaban desde el año 1475 hasta 1506. El almanaque de Regiomontanus resultó ser de gran valor ya que sus tablas astronómicas contenían información detallada acerca del sol, la luna y los planetas, así como de las estrellas y constelaciones más importantes usadas para la navegación. Una vez publicado, ningún marino se atrevía a zarpar sin ese almanaque. Con su ayuda los exploradores pudieron abandonar sus rutas habituales y aventurarse en los mares desconocidos en busca de nuevas fronteras.

Colón, naturalmente, llevaba consigo un ejemplar del Almanaque cuando embarrancó en Jamaica. Y pronto descubrió, estudiando sus tablas, que la noche del jueves 29 de febrero de 1504 se produciría un eclipse total de luna justo después de aparecer ésta en el cielo.

Armado con este dato, tres días antes del eclipse Colón pidió reunirse con el Cacique y le anunció que su Dios cristiano estaba enfadado con los nativos porque éstos habían dejado de suministrar alimentos a Colón y a sus hombres, y que estaba a punto de mostrar un claro signo de su disgusto: tres noches después, borraría la luna llena que acabaría de aparecer en el cielo haciendo que apareciera “inflamada de ira”, lo cual significaría que muy pronto caerían toda clase de males sobre los nativos.

Aciaga salida de la luna

En la noche señalada, a medida que el sol se ponía por el oeste y la luna empezaba a asomar por oriente, resultaba evidente para todo el mundo que ocurría algo terrible. Cuando la luna apareció completamente a la vista, ¡le faltaba la parte inferior!

Y poco más de una hora más tarde, mientras se acentuaba la oscuridad total, en efecto la luna presentaba un terrorífico aspecto inflamado y “sangriento”: en lugar de la luna llena de principios de invierno, normalmente brillante, del firmamento oriental colgaba una tenue bola roja.

Según el hijo de Colón, Ferdinando, los nativos quedaron aterrorizados a la vista del fenómeno y “… con grandes alaridos y lamentos echaron a correr desde todas las direcciones hacia las embarcaciones cargadas de provisiones, rogando al Almirante que intercediera por ellos ante su dios”. Prometieron que colaborarían con Colón y sus hombres si hacía que la luna volviera a la normalidad. El gran explorador comunicó a los nativos que debía retirarse para conferenciar en privado con su dios, y a continuación se encerró en su cabina durante unos cincuenta minutos.

“Su dios” era un reloj de arena al que Colón daba vuelta cada media hora para seguir las diferentes fases del eclipse, basándose en los cálculos que contenía el almanaque de Regiomontanus.

Sólo unos momentos antes del final de la fase total, reapareció Colón y anunció a los nativos que su dios les había perdonado y permitiría que la luna volviera gradualmente a la normalidad. Y en ese momento, haciendo honor a la afirmación de Colón, la luna empezó a reaparecer lentamente y, mientras emergía de la sombra de la Tierra, los agradecidos nativos salieron corriendo. Desde entonces mantuvieron a Colón y a sus hombres bien provistos y alimentados, hasta que una carabela de rescate procedente de la Hispaniola arribó finalmente el 29 de junio de 1504. Colón y sus hombres regresaron a España el 7 de noviembre.

Otro aspecto de la historia

En una interesante posdata a esta historia, en 1889, Mark Twain (probablemente influenciado por el truco del eclipse) escribió la novela Un Yanki de Connecticut en la corte del Rey Arturo. En ella su protagonista, Hank Morgan, usaba una táctica similar a la de Colón.

Morgan está a punto de ser quemado en la hoguera, de manera que “predice” un eclipse solar que sabe que va a producirse y, cuando éste se inicia, clama que tiene poder sobre el sol. Se ofrece a devolver el sol al firmamento a cambio de su libertad y de ser nombrado “ministro y ejecutivo perpetuo” del rey.

El único problema de esta historia es que en la fecha que indica Twain –21 de junio del año 528 A.C.– no se produjo tal eclipse. De hecho pasaban tres días de la luna llena, situación que no puede generar ningún eclipse.

¡Quizá hubiera debido consultar un almanaque!